Plantasía

 

Plantasía

Parte 1
“Son súper buenas para el oxígeno.”

¡No hace nada!” me grita mi casera desde su balcón en el tercer piso, mientras que un perro hijo de la chingada me gruñe vorazmente por la pequeñísima grieta debajo del portón del edificio de al lado. Sólo se alcanzan a ver sus colmillos y nariz, aplastados contra el piso de concreto. “No hace nada. Ya sabes, perro que ladra…” pero seamos honestos, a veces muerde. Son las dos de la tarde y voy saliendo a comprar una planta para mi departamento en la colonia Escandón.

¡Gracias!” No sé por qué le grité “gracias” a la casera, pero no me sorprende. A veces digo cosas cordiales como “igualmente” fuera de contexto. Una vez en el aeropuerto, la cajera de la tienda de cargadores de celular me dijo “buen viaje” y yo le contesté “igualmente”. Lo que siguió fue un silencio incómodo, porque ella no se iba a ningún lado, todavía le quedaban seis horas de jornada. Caminando por las irregulares banquetas de la ciudad levanto la cara para que me pegue el sol mientras me encamino hacia el vivero. Hace mucho mi abuela Josefina me dijo que las plantas son buena compañía. Respiro hondo, el sol huele a azúcar quemada.

El olor a plantas mojadas siempre me ha provocado desesperanza. No sé si es porque me recuerda al patio de la escuela en la mañana, pero cuando huelo el pasto frescamente regado siento una profunda tristeza. Lo mismo me pasa con el ruido de la tele cuando está prendida a los programas de la hora de la comida, como Cien Mexicanos Dijeron o una versión doblada de CSI: Las Vegas. Me recuerdan a la aplastante mundanalidad de un martes. Ya sabes cuál, un martes en el que no fuiste a la escuela porque te hiciste la enferma y olías desde tu cama el arroz rojo que tu mamá estaba cocinando. Ahí, acostada, sospechabas en pánico que mientras estabas en clase de geografía, no te estabas perdiendo de absolutamente nada en casa; era un pequeño avance de cómo se siente la estabilidad de clase media— se siente como la sonrisa de Marco Antonio Regil. Mi vida va a ser más interesante cuando crezca, nos prometimos todos.

“Esas son buenísimas, joven, llenan su casa de oxígeno” me dice el señor del vivero. Tomo la maceta en mis manos y la examino, como si supiera qué estoy buscando. Sinceramente, no sé nada de plantas y no voy a pretender poder darles el nombre científico de la planta en cuestión. Pero la vi en un post de Instagram y creo que se llama—

Clorophytum Comosum.” Volteo. Ella tiene en su canasta varias suculentas, “y de hecho sí son súper buenas para el oxígeno”. No digo nada, solamente asiento. “Éstas son suculentas, lo chido de las suculentas es que no necesitan tanto cuidado. Se cuidan solas. Por eso me gustan, son más como roommates que hijos. Bueno, ya te dejo en paz.”

“¡Gracias!” Carajo.

Parte 2
Esos días.”

Abro la puerta del baño y observo mi departamento, ahora vacío excepto por dos Haworthiopsis fasciata, dos Dracaenas Marginatas y tres Clorophytum Comosum. Las gotitas de vapor flotan en la sala. Estrellitas, porque brillan con la luz del faro de afuera. Sonrío mientas doy un paso y— me resbalo— mi cuerpo mojado azota contra la lámina de “madera” falsa. Pinche lámina chafa, pienso. Pero es mi culpa, yo decidí no resanar la hermosa duela de madera de abajo, yo escogí que lo feo cubra lo bonito, el precio de no poder decidir cuánto tiempo voy a permanecer en la Ciudad de México.

No llores. Aguántate. Ten huevos. Trágate las lágrimas. No enseñes que te duele. Aprende a estar solo, no andes de chillón. Sé autosuficiente. Invita la cena. Disfraza la soledad de introspección. Hazte el duro. Cuida a tus hermanas. Sé un hombre. Qué, ¿vas a llorar?

“Amueblar es padrísimo, es mi parte favorita de mudarme”, Lulú me decía. Le mentí que la mía también. La verdad es que tiene once meses que me mudé y en este departamento no hay nada más que mi cama y un buró gris.

No me interesaban las plantas antes de conocer a Lulú, pero salí de ese vivero con más plantas de las que había comprado en toda mi vida. Al principio era una estrategia para ganar tiempo con la esperanza de que se me ocurriera algo inteligente y/o interesante qué decirle. Al final, solo quería escucharla hablar más sobre plantas.

Quedamos de cenar hoy a las ocho.

Son esos días, pienso, boca arriba sobre la duela. Son esos días en los que no tengo que trabajar y voy por un café, leo un libro y camino por el camellón de Amsterdam. El que para otros es un “self care day” y lo comparten en su Instagram story para mí es un juego. Otro día de preguntarme “¿qué chingados hago aquí?”. Esos días son la razón por la que no he renovado contrato y la verdadera razón por la que la casera se asomó de su balcón hoy en la mañana.

“¡Oye, ya necesito que firmes contrato!” me dijo hace rato, antes de que el perro ése se me pusiera al pedo.

Agarro mis jeans de ocasión, los que no uso siempre porque quiero que se queden nuevos. No mames, no me cierran. Agarro los viejos fieles que huelen a cigarro, les echo dos chisguetes de loción y me miro al espejo. Ánimo, güey, venga, no la cagues. Ya sé que no es justo ponerle tanta presión a una cena. Pinche intenso. Lulú es una extraña, no tendría por qué ser mi razón de quedarme, mi justificación de existir en una ciudad que es completamente indiferente a mi existencia. La vida no es una romcom, pero estaría cabrón— estaría muy cabrón que algo funcionara, estoy harto de tener que hacerlo solo y quiero que alguien me diga “ánimo, ahí la llevas”. Hoy me vale madres ser patético. Y aunque la vida es más el noticiero de las siete que una romcom, ahorita quiero vivir en When Harry Met Sally, así que voy a pretender aunque me juzgues, voy a jugar al romántico porque no quiero la alternativa.

Parte 3
La Alternativa”

Cuando tenía quince años, tomé un crucero por el caribe con mis abuelos.  Casi todos los pasajeros eran de la tercera edad y me la pasaba paseando por los camarotes con mi disc-man escuchando Blink 182, fondeándome bebidas azul eléctrico hasta empedarme y después atacando el buffet.

El quinto día, en el calor húmedo del campo de mini-golf, conocí a María Nieto. Después de hablar sobre lo aburridos que estábamos y lo deprimente que fue el show de comedia de las nueve, María me invitó a la fiesta de año nuevo del “antro” del crucero.

Van a echar fuegos artificiales a las doce, hay que verlos desde arriba”, me dijo. “Además, no piden IFE para vender alcohol”. Le dije que pasaba por ella a su camarote, pero nunca volví a ver a María Nieto. No fui a esa fiesta de año nuevo. Hay días que me despierto cuando grita el del gas, antes de que salga el sol, pensando en esa noche en el crucero.

Me atormenta.

María Nieto. Todavía me acuerdo de su nombre y de su cara. Si ella me viera en la calle, no me reconocería. Pero yo sí.

Los primeros veinte minutos asumí que Lulú venía tarde por el tráfico de mierda. Después de cuarenta chequé Instagram, pensé en escribirle un mensaje pero no lo hice. Cuando pasó una hora me quedó claro. Tal vez se le olvidó o tenía otro compromiso y no supo cómo contactarme. Pero eso no pasa en el año dos mil veinte. Mientras me tomo mi tercer mezcal, me doy cuenta que ya pasó hora y media y pido la cuenta.

Voy camino a mi casa. Ya no hay nadie en el camellón de Amsterdam y huele a que acaba de llover. Existe un hoyo en la tripa de todos. Una sombra que nos carcome mientras pataleamos por mantenernos brillantes, sanos, cuerdos; jodida  óptica que filtra todo lo que el planeta tierra nos avienta mientras intentamos desesperadamente ver por arriba de la orilla. Por eso cuando baja el sol y el mar se vuelve del color de mil hojas, todos estamos tratando de llenar ese hoyo, ese pinche hueco. Por eso el amor se acaba y  la gente miente. No es maldad… simplemente el universo no nos asombra.

Abro la puerta de mi departamento. Me reciben las siluetas terroríficas de dos Haworthiopsis fasciata, dos Dracaenas Marginatas y tres Clorophytum Comosum. Así, en la obscuridad total, me quedo en silencio unos minutos. Mi mente se calla. Solo el zumbido del faro de la calle llena el cuarto. No me acuerdo si la Dracaena se tiene que regar una vez a la semana o cuatro o si la Haworthiopsis necesitaba sol o sombra— puta madre.

Así es como avanza el mundo, una bola de mamíferos confundidos tratando de entender si eso se come o no, si se riega o no, si se coge o no, si se mata o no. Ahí, en mi estúpido blazer de Massimo Dutti y rodeado de casi-silencio, escucho un susurro que me hace saltar. Pero lo conozco bien, es la voz responsable de que siga tercamente vivo y en este momento me dice: no es culpa de nadie.

No es culpa de nadie.

Voy a firmar el contrato, estas plantas no se van a regar solas.

“Listo”, me dice la casera. “Mira, Arturo, yo sé que no me incumbe pero nunca sales de tu casa y no has puesto ni un mueble. Te la pasas solo todo el tiempo y… la verdad nos preocupa, ¿estás bien? Solo quiero que sepas que si necesitas algo, aquí estoy, eh”.

La miro y por unos segundos, no le doy más que mi silencio. Luego le sonrío

“Igualmente”.

 

Ilustración original: Gabriel Pérez
IG: @_gperez_art_
http://www.gperezart.com

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